¿Y fue por este río de sueñera y de barro que las proas vinieron a fundarme la patria? Irían a los tumbos los barquitos pintados entre los camalotes de la corriente zaina.
lunes, 28 de mayo de 2012
martes, 22 de mayo de 2012
LITERATURA
¿Y fue
por este río de sueñera y de barro
que
las proas vinieron a fundarme la patria?
Irían a
los tumbos los barquitos pintados
entre los
camalotes de la corriente zaina.
Pensando
bien la cosa, supondremos que el río
era azulejo entonces como oriundo del cielo
con su estrellita roja para marcar el sitio
en que ayunó Juan Díaz y los indios comieron.
Lo cierto
es que mil hombres y otros mil arribaron
Por un mar que tenía cinco lunas
de anchura
y aún estaba poblado de sirenas y endriagos
y de piedras imanes que enloquecen la brújula.
Prendieron
unos ranchos trémulos en la costa,
durmieron extrañados. Dicen que
en el Riachuelo,
pero son embelecos fraguados en la Boca.
Fue una manzana entera y en mi barrio: en Palermo.
Una
manzana entera pero en mitá del campo
presencia de auroras y lluvias y suestadas.
La manzana pareja que persiste en mi barrio:
Guatemala, Serrano, Paraguay y Gurruchaga.
brilló y en la trastienda
conversaron un truco;
el
almacén rosado floreció en un compadre,
ya patrón de la esquina, ya resentido y duro.
El primer
organito salvaba el horizonte
con su achacoso porte, su habanera y su gringo.
El corralón seguro ya opinaba: YRIGOYEN,
algún piano mandaba tangos de Saborido.
Una
cigarrería sahumó como una rosa
el desierto. La tarde se había
ahondado en ayeres,
los hombres compartieron un pasado ilusorio.
Sólo faltó una cosa: la vereda de enfrente.
A mí se
me hace cuento que empezó Buenos Aires:
La juzgo
tan eterna como el agua y como el aire.
ODA A LAS FLORES DE DATITLA
Bajo los pinos la tierra prepara
pequeñas cosas puras:
hierbas delgadas
desde cuyos hilos
se suspenden minúsculos faroles,
cápsulas misteriosas,
llenas de aire perdido,
y es otra allí
la sombra,
filtrada
y floreada,
largas agujas verdes esparcidas
por el viento que ataca y desordena
el pelo de los pinos
En la arena suceden
pétalos fragmentarios,
trozos azules
de madera muerta,
hojas que la paciencia
de los escarabajos
lleñadores
cambia de sitio, miles
de copas mínimas
el eucaliptus deja
caer
sobre
su fría y fragante
sombra
y hay
hierbas
afraneladas
y plateadas
con suavidad
de guantes,
varas
de orgullosas espinas,
irsutos pabellones
de acacia oscura
y flor color de vino,
espadaña, epigas,
matorrales,
ásperos tallos reunidos como
mechones de la arena,
hojas
redondas
de sombrío verde
cortado con tijera,
y entre el alto amarillo
que de pronto
eleva
una silvestre
circunferencia de oro
florece la tigridia
con tres lenguas de amor
ultravioletas.
Arenas de Datitla
junto
al abierto estuario
de La Plata, en las primeras
olas del gris Atlántico,
soledades amadas
no sólo
al penetrante
olor y movimiento
de pinares marinos
me devolvéis,
no sólo
a la miel del amor y su delicia
sino a las circunstancias
más puras de la tierra:
a la seca y uraña
flora del Mar, del Aire,
del Silencio.
PABLO NERUDA
LA MÁQUINA DE PENSAR EN GLADYS
Antes
de acostarme hice la diaria recorrida por la casa, para controlar que todo
estuviera en orden; la ventana del baño chico, al fondo, estaba abierta –para
que durante la noche se secara la camisa de poliéster que me pondría al día
siguiente, cerré la puerta (para evitar corrientes de aire); en la cocina, la
canilla de la pileta goteaba y la apreté, la ventana estaba abierta y la dejé
así –cerrando la persiana-; la lata de la basura ya había sido sacada fuera,
las tres llaves de la cocina eléctrica estaban en cero, la perilla de control
de la heladera marcaba 3 (refrigeración suave) y la botella empezada de agua
mineral tenía puesto el tapón hermético, de plástico; en el comedor, el gran
reloj tenía cuerda para algunos días más y la mesa había sido levantada; en la
biblioteca debí apagar el amplificador, que alguien había dejado encendido,
pero el tocadiscos se había apagado en forma automática; el cenicero del sillón
había sido vaciado; la máquina de pensar en Gladys estaba enchufada y producía
el suave ronroneo habitual; la ventanita alta que da al pozo de aire estaba
abierta, y el humo de los cigarrillos del día se escapaba, lentamente, por
ella; cerré la puerta; en el living hallé una colilla en el suelo; la deposité
en el cenicero de pie, que la sirvienta se ocupa de vaciar por las mañanas; en
mi dormitorio le di cuerda al despertador, comprobando que la hora que indicaba
coincidía con la del reloj pulsera en mi muñeca, y lo puse para que sonara
media hora más tarde a la mañana siguiente (porque había decidido suprimir el
baño; me sentía un poco resfriado); me acosté y apagué la luz.
Por la madrugada
desperté inquieto, un ruido desacostumbrado me había producido un sobresalto;
me ovillé en la cama y me cubrí con las almohadas y me puse las manos en la
nuca y esperé el final de todo aquello con los nervios en tensión: la casa se
estaba derrumbando.
MARIO LEVRERO
LA SABANA
1
-George, me gustaría que le echaras un ojo al cuarto de jugar de los niños.
-¿Qué le pasa?
-No lo sé.
-Pues bien, ¿y entonces?
-Sólo quiero que le eches un ojeada, o que llames a un sicólogo para que se
la eche él.
-¿Y qué necesidad tiene un cuarto de jugar de un sicólogo?
-Lo sabes perfectamente -su mujer se detuvo en el centro de la cocina y
contempló uno de los fogones, que en ese momento estaba hirviendo sopa para
cuatro personas-. Sólo es que ese cuarto ahora es diferente de como era antes.
-Muy bien, echémosle un vistazo.
Atravesaron el vestíbulo de su lujosa casa insonorizada cuya instalación
les había costado treinta mil dólares, una casa que los vestía y los alimentaba
y los mecía para que se durmieran, y tocaba música y cantaba y era buena con
ellos. Su aproximación activó un interruptor en alguna parte y la luz de la
habitación de los niños parpadeó cuando llegaron a tres metros de ella.
Simultáneamente, en el vestíbulo, las luces se apagaron con un automatismo
suave.
-Bien -dijo George Hadley.
Se detuvieron en el suelo acolchado del cuarto de jugar de los niños. Tenía
doce metros de ancho por diez de largo; además había costado tanto como la
mitad del resto de la casa. "Pero nada es demasiado bueno para nuestros
hijos", había dicho George.
La habitación estaba en silencio y tan desierta como un claro de la selva
un caluroso mediodía. Las paredes eran lisas y bidimensionales. En ese momento,
mientras George y Lydia Hadley se encontraban quietos en el centro de la
habitación, las paredes se pusieron a zumbar y a retroceder hacia una distancia
cristalina, o eso parecía, y pronto apareció un sabana africana en tres
dimensiones; por todas partes, en colores que reproducían hasta el último
guijarro y brizna de paja. Por encima de ellos, el techo se convirtió en un
cielo profundo con un ardiente sol amarillo.
George Hadley notó que la frente le
empezaba a sudar.
-Vamos a quitarnos del sol -dijo-.
Resulta demasiado real. Pero no veo que pase nada extraño.
-Espera un momento y verás -dijo su
mujer.
Los ocultos olorificadores empezaron a
emitir un viento aromatizado en dirección a las dos personas del centro de la
achicharrante sabana africana. El intenso olor a paja, el aroma fresco de la
charca oculta, el penetrante olor a moho de los animales, el olor a polvo en el
aire ardiente. Y ahora los sonidos: el trote de las patas de lejanos antílopes
en la hierba, el aleteo de los buitres. Una sombra recorrió el cielo y vaciló
sobre la sudorosa cara que miraba hacia arriba de George Hadley.
-Alimañas asquerosas -le oyó decir a su
mujer.
-Los buitres.
-¿Ves? Allí están los leones, a lo lejos,
en aquella dirección. Ahora se dirigen a la charca. Han estado comiendo -dijo
Lydia-. No sé qué.
-Algún animal -George Hadley alzó la mano
para defender sus entrecerrados ojos de la luz ardiente-. Una cebra o una cría
de jirafa, a lo mejor.
-¿Estás seguro? -la voz de su mujer sonó
especialmente tensa.
-No, ya es un poco tarde para estar
seguro -dijo él, divertido-. Allí lo único que puedo distinguir son unos huesos
descarnados, y a los buitres dispuestos a caer sobre lo que queda.
-¿Has oído ese grito? -preguntó ella.
-No.
-¡Hace un momento!
-Lo siento, pero no.
Los leones se acercaban. Y George Hadley
volvió a sentirse lleno de admiración hacia el genio mecánico que había
concebido aquella habitación. Un milagro de la eficacia que vendían por un
precio ridículamente bajo. Todas las casas deberían tener algo así. Claro, de
vez en cuando te asustaba con su exactitud clínica, hacía que te sobresaltases
y te producía un estremecimiento, pero qué divertido era para todos en la
mayoría de las ocasiones; y no sólo para su hijo y su hija, sino para él mismo
cuando sentía que daba un paseo por un país lejano, y después cambiaba
rápidamente de escenario. Bien, ¡pues allí estaba! Y allí estaban los leones, a
unos metros de distancia, tan reales, tan febril y sobrecogedoramente reales
que casi notabas su piel áspera en la mano, la boca se te quedaba llena del
polvoriento olor a tapicería de sus pieles calientes, y su color amarillo permanecía
dentro de tus ojos como el amarillo de los leones y de la hierba en verano, y
el sonido de los enmarañados pulmones de los leones respirando en el silencioso
calor del mediodía, y el olor a carne en el aliento, sus bocas goteando.
Los leones se quedaron mirando a George y
Lydia Hadley con sus aterradores ojos verde-amarillentos.
-¡Cuidado! -gritó Lydia.
Los leones venían corriendo hacia ellos.
Lydia se dio la vuelta y echó a correr.
George se lanzó tras ella. Fuera, en el vestíbulo, después de cerrar de un
portazo, él se reía y ella lloraba y los dos se detuvieron horrorizados ante la
reacción del otro.
-¡George!
-¡Lydia! ¡Oh, mi querida, mi dulce, mi
pobre Lydia!
-¡Casi nos atrapan!
-Unas paredes, Lydia, acuérdate de ello;
unas paredes de cristal, es lo único que son. Claro, parecen reales, lo
reconozco... África en tu salón, pero sólo es una película en color
multidimensional de acción especial, supersensitiva, y una cinta cinematográfica
mental detrás de las paredes de cristal. Sólo son olorificadores y acústica,
Lydia. Toma mi pañuelo.
-Estoy asustada -Lydia se le acercó, pego
su cuerpo al de él y lloró sin parar-. ¿Has visto? ¿Lo has notado? Es demasiado
real.
-Vamos a ver, Lydia...
-Tienes que decirles a Wendy y Peter que
no lean nada más sobre África.
-Claro que sí... Claro que sí -le dio
unos golpecitos con la mano.
-¿Lo prometes?
-Desde luego.
-Y mantén cerrada con llave esa
habitación durante unos días hasta que consiga que se me calmen los nervios.
-Ya sabes lo difícil que resulta Peter
con eso. Cuando lo castigué hace un mes a tener unas horas cerrada con llave
esa habitación..., ¡menuda rabieta cogió! Y Wendy lo mismo. Viven para esa
habitación.
-Hay que cerrarla con llave, eso es todo
lo que hay que hacer.
-Muy bien -de mala gana, George Hadley
cerró con llave la enorme puerta-. Has estado trabajando intensamente.
Necesitas un descanso.
-No lo sé... No lo sé -dijo ella,
sonándose la nariz y sentándose en una butaca que inmediatamente empezó a
mecerse para tranquilizarla-. A lo mejor tengo pocas cosas que hacer. Puede que
tenga demasiado tiempo para pensar. ¿Por qué no cerramos la casa durante unos
cuantos días y nos vamos de vacaciones?
-¿Te refieres a que vas a tener que freír
tú los huevos?
-Sí -Lydia asintió con la cabeza.
-¿Y zurcirme los calcetines?
-Sí -un frenético asentimiento, y unos
ojos que se humedecían.
-¿Y barrer la casa?
-¡Sí, sí... , claro que sí!
-Pero yo creía que por eso habíamos
comprado esta casa, para que no tuviéramos que hacer ninguna de esas cosas.
-Justamente es eso. No siento como si
ésta fuera mi casa. Ahora la casa es la esposa y la madre y la niñera. ¿Cómo
podría competir yo con una sabana africana? ¿Es que puedo bañar a los niños y
restregarles de modo tan eficiente o rápido como el baño que restriega
automáticamente? Es imposible. Y no sólo me pasa a mí. También a ti.
Últimamente has estado terriblemente nervioso.
-Supongo que porque he fumado en exceso.
-Tienes aspecto de que tampoco tú sabes
qué hacer contigo mismo en esta casa. Fumas un poco más por la mañana y bebes
un poco más por la tarde y necesitas unos cuantos sedantes más por la noche.
También estás empezando a sentirte innecesario.
-¿Y no lo soy? -hizo una pausa y trató de
notar lo que de verdad sentía interiormente.
-¡Oh, George! -Lydia lanzó una mirada más
allá de él, a la puerta del cuarto de jugar de los niños-. Esos leones no
pueden salir de ahí, ¿verdad que no pueden? Él miró la puerta y vio que
temblaba como si algo hubiera saltado contra ella por el otro lado.
-Claro que no –dijo
2
Cenaron solos porque Wendy y Peter
estaban en un carnaval plástico en el otro extremo de la ciudad y habían
televisado a casa para decir que se iban a retrasar, que empezaran a cenar. Con
que George Hadley se sentó abstraído viendo que la mesa del comedor producía
platos calientes de comida desde su interior mecánico.
-Nos olvidamos del ketchup -dijo.
-Lo siento -dijo un vocecita del interior
de la mesa, y apareció el ketchup. En cuanto a la habitación, pensó George
Hadley, a sus hijos no les haría ningún daño que estuviera cerrada con llave
durante un tiempo. Un exceso de algo a nadie le sienta nunca bien. Y quedaba
claro que los chicos habían pasado un tiempo excesivo en África. Aquel sol.
Todavía lo notaba en el cuello como una garra caliente. Y los leones. Y el olor
a sangre. Era notable el modo en que aquella habitación captaba las emanaciones
telepáticas de las mentes de los niños y creaba una vida que colmaba todos sus
deseos. Los niños pensaban en leones, y aparecían leones. Los niños pensaban en
cebras, y aparecían cebras. Sol... sol. Jirafas... jirafas. Muerte y muerte.
Aquello no se iba. Masticó sin saborearla
la carne que les había preparado la mesa. La idea de la muerte. Eran
terriblemente jóvenes, Wendy y Peter, para tener ideas sobre la muerte. No, la
verdad, nunca se era demasiado joven. Uno le deseaba la muerte a otros seres
mucho antes de saber lo que era la muerte. Cuando tenías dos años y andabas
disparando a la gente con pistolas de juguete. Pero aquello: la extensa y
ardiente sabana africana, la espantosa muerte en las fauces de un león... Y
repetido una y otra vez.
-¿Adónde vas?
No respondió a Lydia. Preocupado, dejó
que las luces se fueran encendiendo delante de él y apagando a sus espaldas
según caminaba hasta la puerta del cuarto de jugar de los niños. Pegó la oreja
y escuchó. A lo lejos rugió un león.
Hizo girar la llave y abrió la puerta.
Justo antes de entrar, oyó un chillido lejano. Y luego otro rugido de los
leones, que se apagó rápidamente. Entró en África. Cuántas veces había abierto
aquella puerta durante el último año encontrándose en el País de las Maravillas,
con Alicia y la Tortuga Artificial, o con Aladino y su lámpara maravillosa, o
con Jack Cabeza de Calabaza del País de Oz, o el doctor Doolittle, o con la
vaca saltando una luna de aspecto muy real -todas las deliciosas
manifestaciones de un mundo simulado-. Había visto muy a menudo a Pegasos
volando por el cielo del techo, o cataratas de fuegos artificiales auténticos,
u oído voces de ángeles cantar. Pero ahora, aquella ardiente África, aquel
horno con la muerte en su calor. Puede que Lydia tuviera razón. A lo mejor
necesitaban unas pequeñas vacaciones, alejarse de la fantasía que se había
vuelto excesivamente real para unos niños de diez años. Estaba muy bien
ejercitar la propia mente con la gimnasia de la fantasía, pero cuando la activa
mente de un niño establecía un modelo... Ahora le parecía que, a lo lejos,
durante el mes anterior, había oído rugidos de leones y sentido su fuerte olor,
que llegaba incluso hasta la puerta de su estudio. Pero, al estar ocupado, no
había prestado atención. George Hadley se mantenía quieto y solo en el mar de
hierba africano. Los leones alzaron la vista de su alimento, observándolo. El
único defecto de la ilusión era la puerta abierta por la que podía ver a su
mujer, al fondo, pasado el vestíbulo, a oscuras, como cuadro enmarcado, cenando
distraídamente.
-Largo -les dijo a los leones.
No se fueron.
Conocía exactamente el funcionamiento de
la habitación. Emitías tus pensamientos. Y aparecía lo que pensabas.
-Que aparezcan Aladino y su lámpara
maravillosa -dijo chasqueando los dedos. La sabana siguió allí; los leones
siguieron allí.
-¡Venga, habitación! ¡Que aparezca
Aladino! -repitió.
No pasó nada. Los leones refunfuñaron
dentro de sus pieles recocidas.
-¡Aladino!
Volvió al comedor.
-Esa estúpida habitación está averiada
-dijo-. No quiere funcionar.
-O...
-¿O qué?
-O no puede funcionar -dijo Lydia-,
porque los niños han pensado en África y leones y muerte tantos días que la
habitación es víctima de la rutina.
-Podría ser.
-O que Peter la haya conectado para que
siga siempre así.
-¿Conectado?
-Puede que haya manipulado la maquinaria,
tocado algo.
-Peter no conoce la maquinaria.
-Es un chico listo para sus diez años. Su
coeficiente de inteligencia es...
-A pesar de eso...
-Hola, mamá. Hola, papá.
Los niños habían vuelto. Wendy y Peter
entraron por la puerta principal, con las mejillas como caramelos de menta y
los ojos como brillantes piedras de ágata azul. Sus monos de salto despedían un
olor a ozono después de su viaje en helicóptero.
-Llegan justo a tiempo de cenar -dijeron
los padres.
-Nos hemos atiborrado de helado de fresa
y de perritos calientes -dijeron los niños, cogidos de la mano-. Pero nos
sentaremos un rato y miraremos.
-Sí, vamos a hablar de vuestro cuarto de
jugar -dijo George Hadley. Ambos hermanos parpadearon y luego se miraron uno al
otro.
-¿El cuarto de jugar?
-De lo de África y de todo lo demás -dijo
el padre con una falsa jovialidad.
-No te entiendo -dijo Peter.
-Mamá y yo hemos estado viajando por
África; Tom Swift y su león eléctrico - explicó George Hadley.
-En el cuarto no hay nada de África -dijo
sencillamente Peter.
-Oh, vamos, Peter. Lo sabemos
perfectamente.
-No me acuerdo de nada de África -le
comentó Peter a Wendy-. ¿Y tú?
-No.
-Vayan corriendo a ver y vuelvan a
contarnos.
La niña obedeció.
-Wendy, ¡vuelve aquí! -dijo George
Hadley, pero la niña ya se había ido. Las luces de la casa la siguieron como
una bandada de luciérnagas. Demasiado tarde, George Hadley se dio cuenta de que
había olvidado cerrar con llave la puerta después de su última inspección.
-Wendy mirará y vendrá a contarnos -dijo
Peter.
-Ella no me tiene que contar nada. Yo
mismo lo he visto.
-Estoy seguro de que te has equivocado,
padre.
-No me he equivocado, Peter. Vamos
Pero Wendy volvía ya.
-No es África -dijo sin aliento.
-Ya lo veremos -comentó George Hadley, y
todos cruzaron el vestíbulo juntos y abrieron la puerta de la habitación.
Había un bosque verde, un río encantador,
una montaña púrpura, cantos de voces agudas, y Rima acechando entre los
árboles. Mariposas de muchos colores volaban, igual que ramos de flores
animados, en torno a su largo pelo. La sabana africana había desaparecido. Los
leones habían desaparecido. Ahora sólo estaba Rima, entonando una canción tan
hermosa que llenaba los ojos de lágrimas. George Hadley contempló la escena que
había cambiado.
-Vayan a la cama -les dijo a los niños.
Éstos abrieron la boca.
-Ya me escucharon -dijo el padre.
Salieron a la toma de aire, donde un
viento los empujó como a hojas secas hasta sus dormitorios.
George Hadley anduvo por el sonoro claro
y agarró algo que yacía en un rincón cerca de donde habían estado los leones.
Volvió caminando lentamente hasta su mujer.
-¿Qué es eso? -preguntó ella.
-Una vieja cartera mía -dijo él.
Se la enseñó. Olía a hierba caliente y a
león. Había gotas de saliva en ella: la habían mordido, y tenía manchas de
sangre en los dos lados. Cerró la puerta de la habitación y echó la llave.
En plena noche todavía seguía despierto,
y se dio cuenta de que su mujer lo estaba también.
-¿Crees que Wendy la habrá cambiado?
-preguntó ella, por fin, en la habitación a oscuras.
-Naturalmente.
-¿Ha cambiado la sabana africana en un
bosque y ha puesto a Rima allí en lugar de los leones?
-Sí.
-¿Por qué?
-No lo sé. Pero seguirá cerrada con llave
hasta que lo averigüe.
-¿Cómo ha llegado allí tu cartera?
-Yo no sé nada -dijo él-, a no ser que
estoy empezando a lamentar que hayamos comprado esa habitación para los niños.
Si los niños son neuróticos, una habitación como ésa...
-Se suponía que les iba a ayudar a
librarse de sus neurosis de un modo sano.
-Es lo que me estoy empezando a preguntar
-George Hadley clavó la vista en el techo.
-Les hemos dado a los niños todo lo que
quieren. Y ésta es nuestra recompensa... ¡Secretos, desobediencia!
-¿Quién fue el que dijo que los niños son
como alfombras a las que hay que sacudir de vez en cuando? Nunca les levantamos
la mano. Son insoportables..., admitámoslo. Van y vienen según les apetece; nos
tratan como si los hijos fuéramos nosotros. Están echados a perder y nosotros
estamos echados a perder también.
-Llevan comportándose de un modo raro
desde que hace unos meses les prohibiste ir a Nueva York en cohete.
-No son lo suficientemente mayores para
ir solos. Lo expliqué.
-Da igual. Me he fijado que desde
entonces se han mostrado claramente fríos con nosotros.
-Creo que deberíamos hacer que mañana
viniera David McClean para que le echara un ojo a África.
Unos momentos después, oyeron los gritos.
Dos gritos. Dos personas que gritaban en
el piso de abajo. Y luego, rugidos de leones.
-Wendy y Peter no están en sus
dormitorios -dijo su mujer. Siguió tumbado en la cama con el corazón latiéndole
con fuerza.
-No -dijo él-. Han entrado en el cuarto
de jugar.
-Esos gritos... suenan a conocidos.
-¿De verdad?
-Sí, muchísimo.
Y aunque sus camas se esforzaron a fondo,
los dos adultos no consiguieron sumirse en el sueño durante otra hora más. Un
olor a felino llenaba el aire nocturno.
3
-¿Padre? -dijo Peter.
-¿Qué?
Peter se observó los zapatos. Ya no
miraba nunca a su padre, ni a su madre.
-Vas a cerrar con llave la habitación
para siempre, ¿verdad?
-Eso depende.
-¿De qué? -soltó Peter.
-De ti y de tu hermana. De que mezclen
África con otras cosas... Con Suecia, tal vez, o Dinamarca o China...
-Yo creía que teníamos libertad para
jugar a lo que quisiéramos.
-La tienen, con unos límites razonables.
-¿Qué pasa de malo con África, padre?
-Vaya, de modo que ahora admites que has
estado haciendo que aparezca África, ¿es así?
-No quiero que el cuarto de jugar esté
cerrado con llave -dijo fríamente Peter-. Nunca.
-En realidad estamos pensando en pasar un
mes fuera de casa. Libres de esta especie de existencia despreocupada.
-¡Eso sería espantoso! ¿Tendría que
atarme los cordones de los zapatos yo en lugar de dejar que me los ate el
atador? ¿Y lavarme los dientes y peinarme y bañarme?
-Sería divertido un pequeño cambio, ¿no
crees?
-No, sería horripilante. No me gustó que
quitaras el pintador de cuadros el mes pasado.
-Es porque quería que aprendieras a
pintar por ti mismo, hijo.
-Yo no quiero hacer nada excepto mirar y
oír y oler. ¿Qué otra cosa se puede hacer?
-Muy bien, vete a jugar a África.
-¿Cerrarás la casa pronto?
-Lo estamos pensando.
-Creo que será mejor que no lo piensen
más, padre.
-¡No voy a consentir que me amenace mi
propio hijo!
-Muy bien -y Peter penetró en el cuarto
de jugar.
4
-¿Llego a tiempo? -dijo David McClean.
-¿Quieres desayunar? -preguntó George Hadley.
-Gracias, tomaré algo. ¿Cuál es el
problema?
-David, tú eres sicólogo.
-Eso espero.
-Bien, pues entonces échale una mirada al
cuarto de jugar de nuestros hijos. Ya lo viste hace un año cuando viniste por
aquí. ¿Entonces no notaste nada especial en esa habitación?
-No podría decir que lo notara: la
violencia habitual, cierta tendencia hacia una ligera paranoia acá y allá, lo
normal en niños que se sienten perseguidos constantemente por sus padres; pero,
bueno, de hecho nada. Cruzaron el vestíbulo.
-Cerré la habitación con llave -explico
el padre-, y los niños entraron en ella por la noche. Dejé que estuvieran
dentro para que pudieran formar los modelos y así tú los pudieras ver.
De la habitación salían gritos terribles.
-Ahí lo tienes -dijo George Hadley-.
Veamos lo que consigues. Entraron sin llamar.
-Salgan afuera un momento, chicos -dijo
George Hadley-. No, no cambien la combinación mental. Dejen las paredes como
están.
Con los niños fuera, los dos hombres se
quedaron quietos examinando a los leones agrupados a lo lejos que comían con
deleite lo que habían cazado.
-Me gustaría saber de qué se trata -dijo
George Hadley-. A veces casi lo consigo ver. ¿Crees que si trajese unos
prismáticos potentes y...?
David McClean se rió.
-Difícilmente -se volvió para examinar
las cuatro paredes-. ¿Cuánto hace que pasa esto?
-Algo más de un mes.
-La verdad es que no me causa ninguna
buena impresión.
-Yo quiero hechos, no impresiones.
-Mira, George querido, un sicólogo nunca
ve un hecho en toda su vida. Sólo presta atención a las impresiones, a cosas
vagas. Esto no me causa buena impresión, te lo repito. Confía en mis
corazonadas y mi intuición. Me huelo las cosas malas. Y ésta es muy mala. Mi
consejo es que desmontes esta maldita cosa y lleves a tus hijos a que me vean
todos los días para someterlos a tratamiento durante un año entero.
-¿Es tan mala?
-Me temo que sí. Uno de los usos
originales de estas habitaciones era que pudiéramos estudiar los modelos que
dejaba la mente del niño en las paredes, y de ese modo estudiarlos con toda
comodidad y ayudar al niño. En este caso, sin embargo, la habitación se ha
convertido en un canal hacia... ideas destructivas, en lugar de una liberación
de ellas.
-¿Ya has notado esto con anterioridad?
-Lo único que he notado es que has echado
a perder a tus hijos más que la mayoría. Y ahora los has degradado de algún
modo. ¿De qué modo?
-No les dejé que fueran a Nueva York.
-¿Y qué más?
-He quitado algunos de los aparatos de la
casa y los amenacé, hace un mes, con cerrar el cuarto de jugar como no hicieran
los deberes del colegio. Lo tuve cerrado unos cuantos días para que aprendieran.
-Vaya, vaya.
-¿Significa algo eso?
-Todo. Donde antes tenían a un Papá Noel,
ahora tienen a un ogro. Los niños prefieren a Papá Noel. Dejaste que esta casa
los reemplazara a ti y a tu mujer en el afecto de sus hijos. Esta habitación es
su madre y su padre, y es mucho más importante en sus vidas que sus padres
auténticos. Y ahora vas y la quieres cerrar. No me extraña que aquí haya odio.
Se nota que brota del cielo. Se nota en ese sol. George, tienes que cambiar de
vida. Lo mismo que otros muchos, la has construido en torno a las comodidades.
Mañana te morirías de hambre si en la cocina funcionara algo mal. Deberías
saber cascar un huevo. Sin embargo, desconéctalo todo. Empieza de nuevo.
Llevará tiempo. Pero conseguiremos obtener unos niños buenos a partir de los
malos dentro de un año, espera y verás.
-Pero ¿no será un choque excesivo para
los niños cerrar la habitación bruscamente, para siempre?
-Lo que yo no quiero es que profundicen
más en esto, eso es todo.
Los leones estaban terminando su festín
rojo. Se mantenían al borde del claro observando a los dos hombres.
-Ahora estoy sintiendo que me persiguen
-dijo McClean-. Salgamos de aquí. Nunca me gustaron estas malditas
habitaciones. Me ponen nervioso.
-Los leones no son reales, ¿verdad? -dijo
George Hadley-. Supongo que no habrá ningún modo de...
-¿De qué?
-... ¡De que se vuelvan reales!
-No, que yo sepa.
-¿Algún fallo en la maquinaria, una
avería o algo?
-No.
Se dirigieron a la puerta.
-No creo que a la habitación le guste que
la desconecten -dijo el padre.
-A nadie le gusta morir... Ni siquiera a
una habitación.
-Me pregunto si me odia por querer
desconectarla.
-La paranoia abunda por aquí hoy -dijo
David McClean-. Puedes utilizar esto como pista. Mira -se agachó y recogió un
pañuelo de cuello ensangrentado-. ¿Es tuyo?
-No -la cara de George Hadley estaba
rígida-. Pertenece a Lydia. Fueron juntos a la caja de fusibles y quitaron el
que desconectaba el cuarto de jugar.
Los dos niños estaban histéricos.
Gritaban y pataleaban y tiraban cosas. Aullaban y sollozaban y soltaban tacos y
daban saltos por encima de los muebles.
-¡No le puedes hacer eso al cuarto de
jugar, no puedes!
-Vamos a ver, chicos.
Los niños se arrojaron en un sofá,
llorando.
-George -dijo Lydia Hadley-, vuelve a
conectarla, sólo unos momentos. No puedes ser tan brusco.
-No.
-No seas tan cruel.
-Lydia, está desconectada y seguirá
desconectada. Y toda la maldita casa morirá dentro de poco. Cuanto más veo el
lío que nos ha originado, más enfermo me pone. Llevamos contemplándonos
nuestros ombligos electrónicos, mecánicos, demasiado tiempo. ¡Dios santo,
cuánto necesitamos una ráfaga de aire puro!
Y se puso a recorrer la casa
desconectando los relojes parlantes, los fogones, la calefacción, los
limpiazapatos, los restregadores de cuerpo y las fregonas y los masajeadores y
todos los demás aparatos a los que pudo echar mano. La casa estaba llena de
cuerpos muertos, o eso parecía. Daba la sensación de un cementerio mecánico.
Tan silenciosa. Ninguna de la oculta energía de los aparatos zumbaba a la
espera de funcionar cuando apretaran un botón.
-¡No los dejes hacerlo! -gritó Peter al
techo, como si hablara con la casa, con el cuarto de jugar-. No dejes que mi
padre lo mate todo -se volvió hacia su padre-. ¡Te odio!
-Los insultos no te van a servir de nada.
-¡Quisiera que estuvieses muerto!
-Ya lo estamos, desde hace mucho. Ahora
vamos a empezar a vivir de verdad. En lugar de que nos manejen y nos den
masajes, vamos a vivir.
Wendy todavía seguía llorando y Peter se
unió a ella.
-Sólo un momento, sólo un momento, sólo
otro momento en el cuarto de jugar -gritaban.
-Oh, George -dijo la mujer-. No les hará
daño.
-Muy bien... muy bien, siempre que se
callen. Un minuto, ténganlo en cuenta, y luego desconectada para siempre.
-Papá, papá, papá -dijeron alegres los
chicos, sonriendo con la cara llena de lágrimas.
-Y luego nos iremos de vacaciones. David
McClean volverá dentro de media hora para ayudarnos a recoger las cosas y
llevarnos al aeropuerto. Me voy a vestir. Conecta la habitación durante un
minuto. Lydia, sólo un minuto, tenlo en cuenta.
Y los tres se pusieron a parlotear
mientras él dejaba que el tubo de aire le aspirara al piso de arriba y empezaba
a vestirse por sí mismo. Un minuto después, apareció Lydia.
-Me sentiré muy contenta cuando nos
vayamos -dijo suspirando.
-¿Los has dejado en el cuarto?
-También yo me quería vestir. Oh, esa
espantosa África. ¿Qué le pueden encontrar?
-Bueno, dentro de cinco minutos y pico
estaremos camino de Iowa. Señor, ¿cómo se nos ocurrió tener esta casa? ¿Qué nos
impulsó a comprar una pesadilla?
-El orgullo, el dinero, la estupidez.
-Creo que será mejor que baje antes de
que esos chicos vuelvan a entusiasmarse con esas malditas fieras.
Precisamente entonces oyeron que llamaban
los niños.
-Papá, mamá, vengan enseguida...
¡enseguida!
Bajaron al otro piso por el tubo de aire
y atravesaron corriendo el vestíbulo. Los niños no estaban a la vista.
-¿Wendy? ¡Peter!
Corrieron al cuarto de jugar. En la
sabana africana no había nadie a no ser los leones, que los miraban.
-¿Peter, Wendy?
La puerta se cerró dando un portazo.
-¡Wendy, Peter!
George Hadley y su mujer dieron la vuelta
y corrieron a la puerta.
-¡Abran esta puerta! -gritó George
Hadley, tratando de hacer girar el picaporte-. ¡Han cerrado por fuera! ¡Peter!
-golpeó la puerta-. ¡Abran!
Oyó la voz de Peter afuera, pegada a la
puerta.
-No los dejen desconectar la habitación y
la casa -estaba diciendo.
George Hadley y su mujer daban golpes en
la puerta.
-No sean absurdos, chicos. Es hora de
irse. El señor McClean llegará en un momento y...
Y entonces oyeron los sonidos.
Los leones los rodeaban por tres lados.
Avanzaban por la hierba amarilla de la sabana, olisqueando y rugiendo.
Los leones.
George Hadley miró a su mujer y los dos
se dieron la vuelta y volvieron a mirar a las fieras que avanzaban lentamente,
encogiéndose, con el rabo tieso. George Hadley y su mujer gritaron.
Y de repente se dieron cuenta del motivo
por el que aquellos gritos anteriores les habían sonado tan conocidos.
5
-Muy bien, aquí estoy -dijo David McClean
a la puerta del cuarto de jugar-. Oh, hola -miró fijamente a los niños, que
estaban sentados en el centro del claro merendando. Más allá de ellos estaban
la charca y la sabana amarilla; por encima había un sol abrasador. Empezó a
sudar-. ¿Dónde están sus padres?
Los niños alzaron la vista y sonrieron.
-Oh, estarán aquí enseguida.
-Bien, porque nos tenemos que ir -a lo
lejos, McClean distinguió a los leones peleándose. Luego vio cómo se
tranquilizaban y se ponían a comer en silencio, a la sombra de los árboles.
Lo observó con la mano encima de los ojos
entrecerrados.
Ahora los leones habían terminado de
comer. Se acercaron a la charca para beber.
Una sombra parpadeó por encima de la
ardiente cara de McClean. Parpadearon muchas sombras. Los buitres bajaban del
cielo abrasador.
-¿Una taza de té? -preguntó Wendy en
medio del silencio.
RAY BRADBURY
CONTINUIDAD DE LOS PARQUES Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando linea a linea de lo que lo rodeaba y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama, admirablemente, restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir ceremonias de una pasión secreta, protegida por un muro de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado, coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuído. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al Norte. Desde de la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: Primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. la puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. La luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela. |
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